Leemos en Discapacidad la siguiente noticia que os reproducimos de forma íntegra:
Semana Santa, unos días en los que se alcanzan récords de desplazamientos en España. Nos gusta viajar, escaparnos, volver a nuestros pueblos o conocer nuevos lugares para descansar, disfrutar, recargar pilas. Lógico. Hubo un tiempo en el que nada había que me gustase más que viajar. ¡Y era tan fácil! Sin la discapacidad imponiendo sus necesidades, bastaba con elegir un destino que se ajustase a nuestro presupuesto, abrir la puerta de casa y salir a la aventura. La llegada de nuestro hijo complicó esas escapadas. Su autismo obliga a descartar muchas posibles vacaciones. Con él no es posible el avión ni los lugares bulliciosos, tampoco la improvisación constante. Aún así nos hemos estado adaptando y hemos podido apañarnos, aunque fuera repitiendo durante años estancia en la misma casa de un pueblecito tranquilo. No siempre es posible. Conozco muchas familias en las que la existencia de un miembro con TEA imposibilita casi cualquier viaje.
Hace dos años llegó el más difícil todavía. Con mi marido en silla de ruedas tras un daño cerebral adquirido, viajar es prácticamente imposible. Hablamos de dos personas dependientes pero con necesidades completamente distintas a mi cargo. Hemos descubierto que ninguna casa de ningún familiar es apta para una persona con silla de ruedas. Cuando el problema no es un escalón insalvable, es una puerta al cuarto de baño estrechísima. Y eso que llaman turismo accesible solo lo es para los bolsillos mejor pertrechados. En estos dos años solo hemos podido irnos un fin de semana largo y dejando a mi hijo, previo pago del campamento o de la persona que le cuide. La habitación triple en un hotel adaptado supuso 1.500 euros para tres noches. Creemos que la accesibilidad está casi hecha hasta que nos topamos de bruces con la discapacidad. Hay motivos más que sobrados para seguir peleándola.
Así que estamos varados. Y como nosotros muchas personas con discapacidad. Cuando la falta de accesibilidad no es la causa, pueden ser los problemas de salud o los de conducta ante los cambios de la persona con discapacidad que hay en la familia, a la que tampoco es fácil o barato buscar otro destino para tener un respiro, aunque sea breve y fraccionando a la familia.
Más que un lamento es la descripción de una realidad que se repite con más frecuencia de lo que creemos. El derecho al ocio, al descanso, a unas vacaciones, están fuera del alcance de demasiados. Aquellos que sí pueden viajar sin preocupaciones, sin preparar botiquines, sin investigar como un miembro del MI6 los destinos para ver si serán manejables, sin tener que cruzar los dedos para que nada se tuerza, porque lo raro es que todo salga al derecho, ojalá disfruten de estos días siendo conscientes de su suerte.
Fuente: Discapacidad https://www.20minutos.es/noticia/5701472/0/cuando-viajar-es-imposible/

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