Leemos en Discapacidad la siguiente noticia que os reproducimos de forma íntegra:
Gemma es madre de tres hijos. El segundo, Pau, fue diagnosticado con trastorno del espectro autista tipo 1 a los 14 años. Hasta entonces, la familia vivió un auténtico periplo de errores diagnósticos, centros psiquiátricos, aulas TEA, medicación forzada, acoso escolar y exclusión sistemática.
Hoy, Pau tiene 24 años y trabaja con apoyo en una tienda de Inditex, pero el recorrido para llegar hasta aquí ha sido, en palabras de su madre, «una carrera de fondo sin apenas ayuda». A través de esta entrevista, Gemma se une a las voces de muchas otras madres cuidadoras que alzan la voz desde la sección Capaces de 20minutos.
Desde los tres años, Pau mostraba una gran resistencia a entrar al colegio. El simple hecho de ver la fachada del centro educativo le provocaba ansiedad, hasta el punto de hacerse pis en casa o en clase. Sus comportamientos eran tachados de agresivos, y Gemma relata cómo el colegio Garcia Lorca llegó a pedirle que fuera a cambiarle y que asumiera su supervisión directa.
Gemma denunció los hechos al Defensor del Menor, y Pau fue derivado al Centro Psiquiátrico Montreal, donde, a pesar de las dificultades, comenzó a encontrarse mejor. Allí empezó a vislumbrarse una posibilidad de futuro.
«Todo era culpa nuestra», afirma. Durante años, Gemma y su marido se enfrentaron a un entorno institucional que los señalaba como malos padres. «Incluso sus hermanos sufrían las consecuencias», lamenta. Pau fue derivado a centros de día, como el Centro Psiquiátrico Montreal, y se le recetaron medicamentos como Risperdal sin un diagnóstico claro. «Me dieron tres días para que le hiciera efecto la medicación y volviera al colegio».
En el colegio, los intentos de inclusión fueron tan extremos como fallidos. A Gemma la obligaron a quedarse en clase junto a su hijo. Pau apenas entraba unos minutos. El entorno escolar se volvió hostil para él y para sus hermanos. «Me llegaban comentarios de que no me querían allí. Pedía que, si había algo que decir, me lo dijeran a mí, no a mis hijos».
Fue la orientadora del IES Pedro Gumiel quien, tras observar su comportamiento, sugirió la posibilidad de que Pau tuviera autismo o síndrome de Asperger. Con el consentimiento familiar, inició un estudio que, finalmente, derivó en el diagnóstico: autismo tipo 1 (grado leve). «Fue un mazazo y un alivio. Pensamos: por fin sabemos lo que le pasa».
Les ponían una diana en la cara
La experiencia con las aulas TEA tampoco fue positiva. Gemma critica que eran «todo menos inclusivas»: a los seis meses se les retiraba del aula TEA y se les introducía en clases ordinarias con un integrador social a su lado. «Les ponían una diana en la cara», denuncia. Incluso se organizaban visitas para que el resto de estudiantes «conocieran el aula TEA».
El acoso escolar fue una constante, desde el Antonio de Nebrija hasta el IES Albéniz. Pau desarrolló fobia social severa. «Le costaba salir de casa. Tenía que acompañarle al instituto, entrar y salir a horas distintas para evitar a otros alumnos». La situación llegó al extremo de que, en una ocasión, dos policías le retuvieron solo en una sala por absentismo, y según Pau, uno de ellos le abofeteó. «Nadie del centro nos informó. Nos lo contó él en casa».
La agresividad solo aparecía en el entorno escolar
A nivel emocional, Pau ha tenido momentos muy duros. «Con siete años me dijo que mejor se suicidaba, que yo estaría más tranquila». En casa siempre fue distinto: tranquilo, conectado con su familia. «La agresividad solo aparecía en el entorno escolar».
Gemma describe su propio estado como de estrés crónico: «El teléfono me generaba ansiedad. Cada vez que sonaba pensaba: que no sea el colegio». Pasó diez años esperando cada día con el corazón encogido.
Hoy Pau tiene 24 años. Asistió a la asociación ASTEA, se formó y participó en un certificado de profesionalidad. Tiene un grupo de amigos, algunos neurotípicos, otros con distintas discapacidades. Ha viajado a conciertos, disfruta de su autonomía y trabaja para una empresa con ECA (Empleo Con Apoyo).
«Para mí, la discapacidad es una característica más. Pau es moreno, tiene ojos verdes y es autista. Punto. No necesita que lo traten como un ser especial ni como un angelito».
Su mensaje para otras familias es directo: «Formáos, defended a vuestros hijos y escuchadles. Vosotras sois quienes mejor los conocéis».
Fuente: Discapacidad https://www.20minutos.es/noticia/5732685/0/gemma-madre-pau-nos-culparon-todo-tras-un-calvario-diez-anos-hasta-que-supimos-que-mi-hijo-era-autista/
