Leemos en Discapacidad la siguiente noticia que os reproducimos de forma íntegra:
A oscuras y con un sentimiento de indefensión. Así se sintieron muchas personas con discapacidad, personas mayores y familias enteras durante el apagón del pasado 28 de abril. Paradójicamente, fue esa oscuridad repentina la que volvió a arrojar luz sobre una verdad que a menudo ignoramos: la necesidad urgente de contar con protocolos comunitarios de ayuda y, sobre todo, con redes informales de apoyo que funcionen cuando todo lo demás se detiene.
No es que el Estado no actuara. Las fuerzas de seguridad, las autoridades locales y muchos profesionales demostraron, una vez más, compromiso y eficacia. Pero lo más poderoso fue comprobar que, en mitad del colapso, el único motor que nunca se apaga es la buena voluntad del pueblo. La solidaridad improvisada, el vecino que toca la puerta, la familia que se organiza sin esperar instrucciones.
Desde esta tribuna quiero lanzar una propuesta concreta: construir redes informales de ayuda que protejan a las personas con discapacidad, a sus familias, a nuestras personas mayores y a cualquiera que, ante una emergencia, pueda quedar excluido del acceso a la información, a la movilidad o a la asistencia básica. Porque hace apenas unos días, con la red eléctrica caída, la única fuente de información disponible fue la radio. Y hoy, muchas personas ya no tienen una. Peor aún: muchas personas sordas no podían acceder a ninguna fuente de información en ese contexto. Eso no es solo estar a oscuras: es quedar en silencio, desconectado del mundo, sin saber qué está pasando ni qué hacer.
En los últimos años nos hemos hecho expertos, por necesidad, en sortear crisis. Aprendimos a convivir con la incertidumbre, a improvisar sistemas de apoyo, a cuidarnos cuando todo lo demás falla. Pero sigue faltando un eslabón esencial: la organización de lo cotidiano cuando lo cotidiano desaparece.
No basta con tener una linterna o un generador. Hay que pensar qué pasa si no podemos cargar una silla de ruedas eléctrica, si un respirador se detiene, si una grúa deja de funcionar. ¿Quién sabrá ayudarnos? ¿Quién podrá entrar en casa? ¿Quién sabrá que no podemos bajar escaleras, que tomamos una medicación concreta, que no tenemos acceso a internet o a una simple linterna?
En este sentido, hay un recurso legal poco conocido pero fundamental: el reconocimiento del domicilio como suministro esencial para personas electrodependientes. Está recogido en la Ley 24/2013 del Sector Eléctrico y permite que las compañías distribuidoras eléctricas registren un hogar como punto de prioridad si en él reside una persona que necesita, por ejemplo, un respirador, una bomba de alimentación o una cama motorizada para vivir con dignidad y seguridad. Basta con presentar un certificado médico y empadronamiento, y aunque no garantiza la imposibilidad total de cortes, obliga a las distribuidoras a tener en cuenta esa situación en su planificación de interrupciones o mantenimiento. Es un paso pequeño en burocracia, pero enorme en protección.
Las redes informales de apoyo tampoco se improvisan en medio de la emergencia. Se construyen antes. Son ese grupo de personas —vecinos, familiares, amigos cercanos— que saben qué hacer, a quién llamar, cómo actuar si tú no puedes. No sustituyen a los servicios sociales, pero sí los complementan y los adelantan, y muchas veces son más rápidos, más humanos y más eficaces en los primeros momentos de crisis.
La autonomía no se pierde por aceptar ayuda. Al contrario: se fortalece cuando sabemos que no estamos solos, cuando podemos pedir sin sentirnos culpables, cuando hemos construido vínculos que no dependen de un protocolo, sino del compromiso mutuo. La interdependencia no es debilidad, es inteligencia comunitaria.
Por supuesto, hay que hacer la parte técnica: tener preparada la medicación, el equipo cargado, los contactos visibles, un plan mínimo. Pero lo verdaderamente estratégico —lo que salva vidas— es lo emocional, lo relacional, lo comunitario. Una red humana que no se apaga aunque lo haga la luz.
Lo que ocurrió en abril no fue un apocalipsis, pero fue una señal. Nos recordó que lo que hoy parece garantizado, puede fallar mañana sin previo aviso. Y en ese margen de incertidumbre, lo único que garantiza un mínimo de seguridad es que alguien sepa dónde estás, qué necesitas y cómo ayudarte.
Nadie puede asegurar que no vuelva a ocurrir. Por eso, más allá de las linternas, baterías o protocolos, construyamos lo esencial: una comunidad capaz de sostenerse cuando lo demás falla. Una red que no necesite wifi ni electricidad para funcionar. Una red que nos recuerde que, al final del día, lo que verdaderamente importa es que alguien sepa que existimos, que estamos ahí y que no queremos enfrentarlo todo solos.
Fuente: Discapacidad https://www.20minutos.es/noticia/5707208/0/las-necesarias-comunidades-apoyo-informales/

Comments are closed.