Leemos en Discapacidad la siguiente noticia que os reproducimos de forma íntegra:
Terminó agosto y las búsquedas en Google de los calendarios escolares aumentan. Necesitamos recordar el día que vuelven los niños al colegio, rehacer las rutinas, acomodar las vacaciones en un estatus compartido con los sueños. Eso, cuando no han sido pesadillas, o una sucesión de trabajos forzados.
Parece existir cierta obligación social de disfrutar del verano. Viajar, llenar el día de actividades, descansar y desconectar, romper el ritmo, cargar las pilas y todo lo demás aunque haya que empeñarse en el intento. Una norma que una mayoría sigue. Pero hay otra mayoría mucho más silenciosa en Instagram que no se puede permitir ningún viaje, que se apaña como puede, que sobrevive persiguiendo la felicidad a retales.
Entre ese colectivo se encuentran numerosas personas con discapacidad y sus familias. Realidades en las que acaba mandado la falta de recursos (la discapacidad empobrece), de accesibilidad en el entorno o de apoyos. Realidades también en las que un cambio de escenario descoloca, no gusta, no se desea, perturba, genera conflictos, también costes para aguantar el tipo, y se traduce en que la diversión y la conciliación se complican sobremanera.
Familias con hijos con discapacidad que ven en redes sociales quejas de tareas y cuitas convencionales de la maternidad mientras ellas bregan con una inflexibilidad patológica, autolesiones, ingresos e intervenciones quirúrgicas. Y piensan, con razón, que criar a un niño sano, que puedes dejar un rato al cuidado de cualquier amigo o familiar, es un paseo por el bosque en primavera comparado con lo suyo.
Personas con discapacidad a las que ir con su pareja cuatro días a un hotel con habitación adaptada les supone tanto dinero como a otros una quincena entera y que tienen que descartar en su destino planes de todo tipo por su falta de accesibilidad.
Hijos con padres o hermanos a los que no pueden sacar de casa ni dejar solos, dependientes de los centros de día para poder trabajar, ir a la compra o simplemente darse un paseo que les despeje.
La discapacidad es normalidad, pero también dificultad y, en ocasiones, imposibilidad. Es poder tener un verano como cualquiera pero también es tener el verano por castigo. La discapacidad es superación, plenitud y ejemplo, y además todo lo contrario. No sobra recordarlo en estos días de Juegos Paralímpicos. Se trata de un universo enormemente complejo que nos puede alcanzar a todos de diferentes formas. Nunca lo olvidemos ni dejemos de disfrutar el momento.
Fuente: Discapacidad https://www.20minutos.es/noticia/5589310/0/verano-por-castigo/

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