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Detenerse a mirar la rama para ver bien el bosque

Leemos en Discapacidad la siguiente noticia que os reproducimos de forma íntegra:

Asistimos a otra vuelta al cole, la segunda, regida por la LOMLOE. Una ley mediática y polémica, que puso en la calle a una buena parte de la comunidad educativa en defensa de la supervivencia de la Educación Especial. Porque, aunque esta Ley Orgánica 3/2020, de 29 de diciembre, por la que se modifica la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación no establece abiertamente el fin de esta modalidad educativa, abre la puerta a su desaparición en su disposición adicional cuarta, estableciéndose un vaciado de los alumnos en el plazo de diez años.

Con buenas palabras y sospechosamente casi al final del redactado, la LOMLOE relega a los centros de educación especial a la escolarización de alumnos «que requieran una atención muy especializada» y a que desempeñen la función de «centros de referencia y apoyo para los centros ordinarios».

A ello hay que añadir lo establecido en el artículo 74.3, donde se prevé el traslado de alumnos al modelo ‘más inclusivo’ atendiendo a los resultados obtenidos al final de curso. Pero sin escuchar, y por tanto sin atender, la voluntad del propio estudiante con discapacidad y la de su familia.

Lo paradójico de esta situación es que, frente a la pasividad de la Administración ante las necesidades de los usuarios de la Educación Especial, los datos de la vuelta al cole 2023/24 ponen de manifiesto la importancia de esta. Y es que, por segundo año consecutivo, esta modalidad educativa aumenta su alumnado.

Así lo dio a conocer este periódico a principios de semana, con un titular que afirmaba que ‘Aumenta un 4,2% el alumnado de educación especial, con un total de 42.822 estudiantes’. En el curso 2020/21, el número de estudiantes matriculados en esta modalidad era de 38.907. Es decir, en dos años de LOMLOE, la educación especial ha ganado más de 3.000 alumnos.

Esta apabullante realidad solo viene a ratificar que la educación especial, además de necesaria, es igual de inclusiva que la ordinaria.

Esta apabullante realidad solo viene a ratificar que la educación especial, además de necesaria, es igual de inclusiva que la ordinaria.

Como viene defendiendo el CEDDD desde la entrada en vigor de la LOMLOE, a día de hoy solo la educación especial puede garantizar el derecho de los estudiantes con discapacidad a permanecer en el sistema educativo, pues es la única capaz de atender a este este alumnado en sus necesidades propias, en orden a optimizar sus capacidades y su ulterior adaptación socio-laboral.

Desafortunadamente, la idea de un sistema de educación único se reduce a una utopía. La falta de recursos económicos, la escasez de profesorado especializado y la dificultad para reducir ratios y adaptar currículos escolares no permiten siquiera tenerlo en cuenta en la actualidad como algo futurible.

Desafortunadamente, la idea de un sistema de educación único se reduce a una utopía

A todo esto, hay que añadir la existencia del acoso escolar a personas con discapacidad. El porcentaje de alumnos con discapacidad que sufre acoso en los centros de educación ordinaria supera el 80%, mientras que en los centros de educación especial no llega al 3%.

Parafraseando a Carlos Valiente, presidente de la Asociación Nacional de Centros de Educación Especial (ANCEE), «ningún padre o ninguna madre quisiera llevar a un hijo a un colegio de educación especial, porque nadie a priori quiere un hijo con discapacidad (…); pero cuando surgen las cosas hay que buscar la mejor solución».

Si bien es cierto que, en términos generales, el 80% de alumnos con discapacidad estudian en centros ordinarios, también lo es que la discapacidad ofrece realidades muy distintas con sus propias necesidades. Todo depende de la óptica con que se mire.

Por ejemplo, si atendemos de forma específica a la discapacidad intelectual, como explica la periodista Elena Omedes en este mismo periódico, «en los 473 centros específicos de Educación Especial que hay en todo el territorio nacional, el 66% de los alumnos presenta algún tipo de discapacidad intelectual o trastorno del desarrollo. En cambio, en los colegios ordinarios, el porcentaje desciende al 52%».

Dicho de otra manera, es mucho más probable que un niño con discapacidad intelectual estudie en un centro especial antes que en uno ordinario, y por experiencia puedo añadir que esta probabilidad es mayor a medida que aumenta su edad y las relaciones con el entorno se hacen más complejas.

Y es que, a veces, hay que detenerse a mirar la rama para ver bien el bosque.

Fuente: Discapacidad https://www.20minutos.es/noticia/5174723/0/detenerse-mirar-rama-para-ver-bien-bosque/

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